Menores en red

Adolescentes y pornografía

Adolescentes y consumo de pornografía en Internet

El consumo de pornografía en Internet por parte de adolescentes es un tema recurrente y que preocupa a muchos padres y madres. Y como en otros temas similares, recuerdo que no es algo que sea culpa de Internet en su origen. Desde siempre, los adolescentes, al llegar a esta turbulenta edad, han sentido curiosidad por las imágenes eróticas y pornográficas. Que levante la mano quien no haya pasado por esa inquietud.

Lo que sí ha hecho Internet es poner este material al alcance de la mano y de una manera más explícita. Lo que antes suponía ver una revista a escondidas, ahora se convierte en unas sesiones de navegación por la Red donde todo está al alcance de la mano. Y lo que antes era poder ver unos órganos y unos actos sexuales con detalle, ahora va más allá, y se puede ver lo que podríamos denominar parafilias o incluso perversiones.

Si encuentras a tu hijo o hija consumiendo pornografía a través de Internet, lo primero que has de averiguar es si se trata de algo puntual o si es un consumidor habitual. En el primer caso se trata de algo normal hasta cierto punto. El segundo caso ya puede ser más preocupante. Pero ni en un caso ni en otro, la solución pasa por prohibir ni por la gran reprimenda. Sabéis que la rebeldía es algo consustancial a la adolescencia, y que una actuación así llevaría seguramente a seguir haciéndolo de otras maneras.

No voy a entrar aquí en los efectos perniciosos del consumo habitual de pornografía por parte de los menores, puesto que no es esta una web dedicada a la pedagogía estrictamente, sino a los consejos sobre navegación segura de los menores en la Red. Encontraréis, en una simple búsqueda en Internet, cantidad de sitios dedicados a explicar las consecuencias del consumo del porno en los adolescentes, la visión deformada de la sexualidad que representa la pornografía, las ideas confundidas sobre los roles de género que desarrolla, etc.

Los estudios estadísticos reflejan de manera constante desde el inicio del uso de Internet, que una de las mayores preocupaciones de padres y madres con respecto a la navegación de los menores en la Red es el consumo de contenidos pornográficos. Según el último estudio de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia sobre el consumo de Internet realizado en 2015, el 69,6% de los padres reflejan esta preocupación. Y no es la primera vez que a Menores en Red llegan correos acerca de este tema.

Poner puertas al campo es imposible. Poner puertas a Internet es también imposible. Por mucho que prohibamos, que controlemos o que usemos programas de control parental, será muy difícil que, si el menor quiere, no llegue a contenidos pornográficos. Y este tipo de contenidos está en las páginas web, en las redes sociales y en cualquier medio que se desarrolle a través de la red.

¿Soluciones?

Los programas de control parental pueden limitar el acceso a parte de estos contenidos, pero no existe ninguno tan eficaz como para evitarlos por completo. Sobre los programas de control parental ya hemos comentado en otra ocasión en esta misma web, hablando de La familia como primer programa de control parental. Nuevamente os remito a ese artículo. Si os preocupa que vuestro hijo o hija acceda a imágenes, vídeos o contenidos de este tipo, podéis instalar, sí, uno de estos programas. Los hay para ordenadores y también para teléfonos móviles. Pero en ningún momento depositéis toda la responsabilidad en ese software.

La única arma eficaz es el diálogo. Antes de que llegue a la adolescencia hay que hablar con el hijo o la hija sobre lo que es exactamente la pornografía, hacerle ver que no es una muestra real de la sexualidad humana. Contad con que su curiosidad innata le hará en algún momento hacer alguna búsqueda de este tipo. Y lo mismo que con relación a otras informaciones que aparecen en Internet les hacemos ver que no son ciertas –que circulan muchos bulos, muchas mentiras interesadas, muchas informaciones parciales–, lo mismo debemos hacer con la pornografía. Hacerle entender que la sexualidad no es tal y como se presenta en estos casos. Estimular su sentido crítico y hacerle ver lo pernicioso de los roles de género que habitualmente se adoptan en el porno donde casi siempre la mujer aparece como sometida al hombre. Y que tratar de imitar lo que allí ven puede llegar a provocarles disfunciones y comportamientos problemáticos.

El sexting.

La elaboración de contenidos de tipo erótico por parte de los menores también es algo que se debe abordar. El sexting es una de las fuentes de producción de pornografía infantil, y por eso también hay que hacerles ver los riesgos que conlleva este comportamiento. Porque en ocasiones los contenidos pornográficos a los que acceden circulan precisamente por aplicaciones usadas principalmente por ellos mismos (WhatsApp, Snapchat, Twitter, Instagram…). Incluso antes del despunte de las redes sociales existía este comportamiento en los menores: mostrar su cuerpo para ser objeto de reconocimiento entre sus iguales. Era lo que se llamaban los portales narcisistas. Hace tiempo ya hablamos de este tipo de webs en el artículo Narcisismo y exhibicionismo adolescente en Internet.

Educación afectiva.

La psicoanalista Teresa Morandi, hablando de la pornografía, dice que “representa la inmediatez, el consumo a la carta… Es algo carente de afecto y es, por tanto, un producto muy en la línea de lo que se lleva ahora: fácil y rápido”. Los padres “no pueden ser tan inocentes y pensar que su hijo no lo hace, que es la excepción”, advierte. “Y como todas las drogas que hay en la vida, el antídoto, en este caso, no es único, pero sí que está comprobado que el enganche es menor cuando hay afecto”. La faceta informativa de la sexualidad la reciben también a través de la escuela, pero no es suficiente si no se complementa con la educación afectiva, y ésta corresponde esencialmente a la familia.

Concluyendo: está justificada la preocupación de las familias por la facilidad que se da en Internet para encontrar contenidos pornográficos. Pero la solución no está ni en prohibir ni en abroncar al menor. Y tampoco en este caso existen recetas mágicas que nos indiquen que actuando de una determinada manera nos garantizamos que el chico o la chica no visionarán estos contenidos. Sólo una combinación acertada y a tiempo de varias medidas –desde los programas de control parental, hasta el diálogo con el menor, pasando por la supervisión– puede dar resultados.

Fotografía superior de Federico Morando

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