Menores en red

Espiar a nuestros hijos e hijas en Internet

Espiar a nuestros hijos e hijas en Internet

Espiar a nuestros hijos e hijas en Internet es una tentación a la que sucumben muchos padres y madres y es habitual que en charlas y conferencias sobre estos temas siempre surja la pregunta de los programas de control parental.

Es entendible que nos preocupe su seguridad a la hora de navegar por la Red porque somos conscientes de los peligros que se pueden encontrar: desde ciberbullying, hasta depredadores sexuales pasando por el sexting. Y además de eso nos preocupa el posible exceso de tiempo que le dedica a la navegación, el dejar de hacer otras cosas por estar conectado a Internet, la seguridad, incluso familiar, por el mal uso de los móviles (geolocalización o fotografías colgadas en la red, por ejemplo) …

La industria de las aplicaciones de control parental

De esta preocupación se aprovecha la industria de las aplicaciones, y eso ha dado lugar a la existencia múltiples apps destinadas al control parental. Son aplicaciones que, según su complejidad, pueden controlar –y regular—desde el tiempo que pasa el menor con el equipo (ya sea móvil o fijo), hasta sus contactos, su historial de navegación, qué apps utiliza e incluso hasta si va circulando en un vehículo a más velocidad de la permitida.

Si seguís esta web, sabréis que no soy muy entusiasta de estas aplicaciones de control parental más que como último recurso o como medida complementaria. Y entiendo que la preocupación de una madre o un padre lleve a querer saber absolutamente todo lo que el niño o niña hace en la Red.

Lo que dice la legislación

Que nuestro hijo o hija sea menor, viva con nosotros y dependa de nosotros, no lo convierte en un sujeto sin derechos. Al igual que los adultos, y tal y como recoge el artículo 4 de la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, de protección jurídica del menor, de modificación del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Civil tiene derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Y este derecho comprende también la inviolabilidad del domicilio familiar y de la correspondencia, así como del secreto de las comunicaciones.

¿Quiere esto decir que, al amparo de la ley, debemos dejar que exploren y experimenten sin ningún tipo de control o supervisión? En absoluto. Pero lo que no nos permite la ley es leer sus conversaciones ni entrar en su correo ni en sus redes sociales a diario. A pesar de lo estipulado en la disposición arriba mencionada, también el artículo 154 del Código Civil establece como deberes de los padres para con sus hijos “velar por ellos, tenerlos en su compañía, alimentarlos, educarlos y procurarles una formación integral”. ¿Cómo se conjuga esto con la protección de su privacidad? Está claro que prevalece el derecho del padre y la madre de velar por su hijo, con lo cual si llegado el caso es necesario invadir su intimidad estará justificado. Pero queda claro que no se debe hacer como forma habitual, como sistema.

La difícil adolescencia

Pero ceñirnos sólo al ámbito legal no nos ayuda mucho. Desde un punto de vista pedagógico debemos tener en cuenta que la adolescencia es la etapa en la que el menor va formando su identidad y esto comporta muchos conflictos, no sólo los referidos al uso de Internet.

Por una parte, es frecuente, y siempre lo ha sido, que los adolescentes pongan a prueba la autoridad de padres y madres y que cuestionen constantemente las normas, como forma de reafirmar su personalidad. Todo esto forma parte del proceso de maduración. Y necesitan, para este desarrollo, de la privacidad, porque es necesaria para la construcción de su identidad.

Internet les ofrece un espacio ideal para esta reafirmación de su identidad. En la Red pueden reforzar sus comportamientos ante el resto del grupo, pueden comportarse de manera anónima cuando lo precisen, pueden acceder las 24 horas, y, en definitiva, van forjando su personalidad igual que lo hacen fuera de ella.

Y sí, claro que son conductas de riesgo. Pero un control invasivo por parte de sus padres o madres puede tener un efecto rebote y agravar los riesgos en lugar de evitarlos. En primer lugar, daña la relación entre el padre/madre y el hijo. Y si ya en esta etapa evolutiva es frecuente que el menor confíe más en su grupo de amigos que en sus padres, imaginemos cómo se puede agravar si se da cuenta de que es espiado. Si él o ella siente que sus padres no le tienen confianza es posible que se vuelva más celoso de darles información.

Y, por otra parte, en la adolescencia es habitual y muy normal el explorar y experimentar. Nosotros mismos lo hacíamos y seguramente no existía Internet. Pero muy probablemente en esas mismas edades nosotros nos habremos pasado bebiendo más de la cuenta en alguna ocasión, o seguramente fumamos a escondidas o tuvimos algunos escarceos sexuales. Ellos lo siguen haciendo y añaden además las experiencias que puedan tener en la Red. Son conductas de autoafirmación que forman parte de su desarrollo. Lo que no implica, por supuesto, el dejarle a su libre albedrío. Pero una cosa es educar y otra controlar.

Concluyendo

Ser padre o madre es una gran responsabilidad. Y esta tarea se ve sometida a prueba especialmente en la adolescencia. Es normal que deseemos tener “asideros” que nos guíen y nos den seguridad de cómo actuar, pero por suerte o desgracia no existen tales “asideros”. Ni la legislación puede suplir nuestra responsabilidad de padre o madre, ni la pedagogía tiene recetas válidas para cada momento y cada caso.

De esta preocupación vienen las conductas de muchas familias de “fisgonear” lo que hacen sus hijos en la Red. No es de extrañar, porque ya lo hacía, seguramente, nuestra madre, cuando en nuestra ausencia “echaba un vistazo” a nuestros cajones. Pero hacerlo en Internet es mucho más complicado. E intentar controlar todo lo que hacen es una tarea imposible. De nada vale una herramienta de control parental en su móvil si hoy en día tienen cantidad de equipos desde los que acceder (móviles de los amigos o equipos públicos, por ejemplo). Por eso es mucho más eficaz la educación, y desde una edad temprana, antes de la adolescencia, como ya hemos comentado en un artículo anterior.

Y para finalizar, reflexionemos sobre el hecho de si intentar escudriñar la vida de nuestros hijos e hijas no responderá más a un deseo de reducir nuestra ansiedad que a un deseo de proteger al menor. Porque para protegerlo es mucho más eficaz la educación que el control.

Fotografía superior de Benjamin Maubach

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