Para los mayores

Google y Facebook me espían

Google y Facebook me espían… ¡qué miedo!

Google y Facebook me espían… y por supuesto, como soy muy inteligente, más que Google, Facebook y la CIA juntos, voy a adoptar estrategias para que no me puedan controlar. Éste es el razonamiento de muchos usuarios habituales de Internet. Y en consecuencia adoptan medidas “tan radicales” como desactivar el GPS en su móvil, usar la navegación anónima en los navegadores, quitar la opción de geolocalización en las redes sociales y un montón de medidas más que, sí, están muy bien, pero que a veces rozan la paranoia más absurda. Me explicaré.

Naturalmente que Google y Facebook nos espían cuando navegamos por la Red. Y no sólo ellos. Amazon, El Corte Inglés, TripAdvisor, FNAC, Skyscanner y todos los servicios que usamos en Internet. Lo hacen, la mayoría de ellos, a través de las cookies, esos diminutos archivos que se instalan en nuestro navegador cuando visitamos uno de estos sitios, y que recuerda nuestras preferencias, lo que hemos visto dentro de su web y algunos datos más.

Si queremos navegar en Internet sin que nadie nos siga el rastro, tenemos que hacernos a la idea de renunciar a un montón de servicios que estamos usando día a día y que, ingenuos de nosotros, pensamos que son gratuitos y que las empresas son ONGs entregadas a hacer más feliz la vida de los internautas.

Pero lo curioso es que muchas de esas personas que adoptan las medidas que comenté al principio, luego no se privan de subir a Facebook un vídeo de su hijo o hija pequeña haciendo monerías ante la cámara, o adherirse a una campaña de recogida de firmas en Internet contra alguna decisión política, o pinchar en un enlace “apetitoso” de esos que despiertan la curiosidad malsana en las redes sociales. Es decir, me recuerdan a esas personas que dicen estar a dieta y toman sacarina con el café pero no renuncian a un buen postre o una buena copa para alternar con los amigos.

Las redes sociales nos controlan más de lo que pensamos. Y lo hacen con detalles tan aparentemente intrascendentes como saber cuánto tiempo nos paramos a leer un post en Facebook, a qué personas seguimos, donde ponemos nuestros “like”, y un montón de detalles que pueden parecer inocuos, pero que cruzados y a través de potentes cálculos dicen mucho de nosotros, más de lo que queremos contar. Para hacernos una idea, como ejemplo ilustrativo, se dio el caso de una antigua red social británica que a través de las interacciones de sus usuarios había logrado establecer un patrón de comportamiento sexual, no ya de esos usuarios, sino de sus amigos que no estaban en esa red.

Eso sí, no caigamos en la paranoia. Por muy importantes que nos creamos, no somos nada –como personas– para Facebook o para Google. Para nada les interesa lo que hagamos o nos guste de forma individual. Lo que ellos buscan son números, cifras, estadísticas. Les interesamos en la medida en que formamos parte de un grupo. Y como grupo sí que somos apetecibles para una empresa que quiere hacer negocio. Pero claro, tanta película y serie estilo “Homeland” nos hace pensar que en algún edificio de Palo Alto, allá en California, hay una sala llena de monitores de televisión donde nos están viendo día a día, momento a momento, lo que estamos hablando, lo que estamos haciendo… No somos tan importantes, no.

Hagámonos a la idea. Si usamos Internet, y teniendo en cuenta que en Internet casi todo es “gratis” –monetariamente hablando– de alguna manera nos están cobrando, porque todas estas grandes compañías tienen mucho dinero, y de algún lado sale. Y es precisamente de nuestros datos como colectivo. Los nuestros personales, como individuo, no valen nada, pero sí si los sumamos a una masa.

Por lo tanto, si queremos seguir usando esos servicios –redes sociales, buscadores, tiendas online, sitios de ofertas– seamos conscientes de este hecho y centrémonos más en otras “alimañas” que circulan en la Red y a las que sí les puede interesar nuestra intimidad: cuidado con esas fotos que los chavales o nosotros mismos colgamos en las redes sociales, cuidado con los datos personales –teléfono, dirección– que añadimos a nuestros perfiles, cuidado con las aplicaciones que instalamos –nosotros o nuestros menores– en los teléfonos y cuidado con las amistades que incluimos en nuestros contactos (aviso no sólo para los menores: también los adultos corren ese peligro). Y muchas cosas más de las que hablamos siempre en este blog. Esos sí que son peligros reales en Internet. La sacarina puede estar bien, pero de nada vale si descuidamos el resto de nuestros hábitos.

Fotografía superior de Poster Boy

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